Latinoamérica y el próximo presidente de Estados Unidos

El Nuevo HeraldPor Felipe Trigos

Cuando el nuevo presidente de Estados Unidos tome posesión en enero próximo, las declaraciones nativistas, aislacionistas y antilibre mercado que han caracterizado la campaña, dejarán fracturas y retos complejos que tendrán que repararse si este país quiere mantener relaciones comerciales imprescindibles y alianzas estratégicas clave.

Usar el cadalso para argumentar que migrantes y nuestros vecinos le quitan el trabajo a los norteamericanos, que ponen en riesgo al estado de derecho, que le cuestan billones al Estado y que atentan contra la prosperidad, es un ejercicio peligroso y estéril que no es realista y que ofende a países que han sido nuestros socios y amigos durante décadas.

Estos discursos han despertado una animadversión en ciertos círculos de la clase política y de nuestra sociedad con los que la nueva administración tendrá que lidiar. También han provocado que estas personas, que no cuentan con la información necesaria para hacer una apreciación correcta, alteren las decisiones políticas y nuestras relaciones comerciales en contra de nuestros propios intereses.

Para entender la magnitud del problema, pongamos en contexto lo que representa nuestra relación con Latinoamérica. De acuerdo con un reporte de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Latinoamérica y el Caribe representan una quinta parte del comercio exterior de Estados Unidos. La CEPAL también reporta que en la última década un tercio de la inversión extranjera directa en Latinoamérica vino de Estados Unidos, que es el inversor extranjero más importante de México, Centro América y Colombia. Latinoamérica también es la región a la que Estados Unidos le compra más petróleo.

En el caso de México, que quizás sea el país que se ha visto más afectado por la retórica de la campaña, la importancia de nuestra relación con la región es todavía más evidente. México es el segundo país que más productos importa de Estados Unidos; es nuestro tercer socio comercial más importante con un comercio bilateral que representa $530 billones al año o $1.5 billones por día; es el país que compra más productos a Estados Unidos –aún más que Brasil, Rusia o China combinados, o que Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Holanda juntos. De hecho, el reparto de producción entre nuestros países, que suele pasar desapercibido y que ha sido tergiversado en la campaña, nos dice que 40 centavos de cada dólar que se compra a México, regresan a Estados Unidos, lo que representa una balanza comercial positiva para este país de $182 billones.

A diferencia de lo que creen Donald Trump, los demócratas anti NAFTA y miembros de ambos partidos que están en contra del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), estos acuerdos benefician enormemente a nuestra economía y a nuestros trabajadores. De hecho, gracias al comercio con México, seis millones de norteamericanos tienen trabajo.

Si bien el comercio es una parte medular de nuestra relación con la región, de ninguna manera se pueden descartar los sacrificios que muchos países hacen para combatir el narcotráfico, el terrorismo y la inmigración ilegal hacia Estados Unidos. Es cierto que regímenes autoritarios y corruptos como Cuba, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia no velan por la seguridad regional y abonan a que estos fenómenos sean más difíciles de erradicar. No obstante, países como México, Colombia y Perú, por mencionar algunos, son aliados clave en la lucha contra el crimen organizado que se alimenta de las adicciones de drogas ilegales en nuestro país.

Es verdad que la mayoría de los países en Latinoamérica tienen serios problemas de corrupción y la presencia de organizaciones criminales que representan un riesgo para la seguridad de todo el hemisferio. Sin embargo, antagonizar a vecinos, aliados y amigos, que aportan tanto para nuestra prosperidad no solo es una estrategia equivocada, sino suicida.

La próxima administración en Estados Unidos debe pensar seriamente el tipo de relación que quiere con personas, culturas y países que tanto aportan al bienestar de nuestros ciudadanos. No hacerlo y crear muros tanto físicos como sociales nos regresarían al aislamiento que nos llevó a la ruina en décadas pasadas.

Tanto políticos como votantes deben entender que estas ideas anacrónicas no tienen cabida en un país y en una sociedad que siempre se benefició y se beneficiará con la apertura al mundo y con la noción de que las únicas barreras a nuestro progreso son las que nosotros mismos erigimos.

Felipe Trigos es un analista internacional y director adjunto de la firma Visión Américas LLC., que representa a clientes en EEUU y en el extranjero.

De click aquí para tener acceso a artículo original.

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